
Amdir avanzaba, sosteniéndose en mi hombro. Su piel estaba adquiriendo un tono ceniciento, y sus movimientos eran más lentos y torpes. Oía su respiración agitada, y suspiré aliviado, cuando, a lo lejos, vi una empalizada, y, tras ella, algunas columnas de humo.
-Esa debe ser la aldea de Archet. -susurró Celandine, agachada tras un arbusto. La noche estaba dejando paso al amanecer, y, dejando a Amdir delicadamente en el suelo, con todo el sigilo con el que me fue posible, me acerqué hacia la empalizada. Había dispuestas picas afiladas clavadas en el suelo, a modo de barricada, y dos guardias hablaban entre sí cerca de lo que parecía la puerta. No parecían bandidos, ya que llevaban uniformes que les delataban como milicia local. Volví junto a los hobbits y al montaraz, y, con un gesto de asentimiento, les indiqué que parecía seguro buscar refugio allí. De nuevo tomé el brazo de Amdir, quien, con un quejido, consiguió levantarse, y echamos a andar hasta la villa de Archet.

En cuanto nos vieron, los guardias se alarmaron, apuntándonos con sus lanzas y se nos acercaron, dándonos constantemente el alto. Dos guardias más, armados con arcos, salieron del interior de la muralla. Los cuatro nos rodearon, inspeccionando ávidos los alrededores. Llegó un quinto soldado, pero con librea de sargento, que habló a sus hombres:
-Dejadlos, parece que uno está herido. –su tono era solemne y pausado, aunque juvenil. Continuó acercándose, con las manos en el mango de la espada que llevaba al cinto. Cuando estuvo a tan sólo unos pasos de nosotros se paró de repente, y miró a Amdir de una manera extraña. Su tono dejó de ser serio:- ¡Amdir! Soldados, ayudadle, es un amigo mío, llevadle al pueblo y que un curandero se ocupe de él.
Amdir se encontraba sentado junto a una columna de madera que sostenía un edificio. Constantemente, su brazo permanecía encima de la herida, como si así la pudiera curar. Los médicos del pueblo habían intentado administrarle algún tipo de ungüento para calmar el dolor, pero el montaraz seguía igual de cetrino y quejumbroso. Empezaba a temer de verdad por él.

-Ven, muchacho. –me dijo, intentando esbozar, sin conseguirlo, una sonrisa.- Necesito que me hagas un favor. Jon, el sargento que ayer nos atendió, es el hijo del capitán de la milicia, y ha compartido conmigo un pensamiento que me ha resultado tremendamente sospechoso. Uno de los hombres de confianza del capitán, llamado Calder Cob, ha sido visto por Jon hablando con unos individuos de no muy buena reputación, y se cree que tiene algo que ver con ellos. –mi rostro no cambió de expresión. Las traiciones eran algo que yo conocía muy bien, y todas, grandes o pequeñas, tenían consecuencias a veces horribles.- Por tanto, te pido que hables con el Capitán en mi nombre, advirtiéndole de esta posible traición, para que mire con otros ojos a ese hombre. Se encuentra aquí, en la posada de “El Tejón Loco”. -señaló con un gesto de dolor un cartel en el que se veía, rotulado, a un tejón sosteniendo una jarra de cerveza.- Ése es el cuartel general de la milicia.
Asentí rápidamente y me encaminé adonde me había indicado. Atravesé una puerta y seguí por el corredor. Un guardia armado con un escudo y una maza me dio el alto.
-¿Qué quieres, forastero? –preguntó hoscamente.
-Desearía ver al Capitán. –el hombre me miró ceñudo, y se apartó de la puerta.
-Es aquél. –me señaló un hombre bastante curtido por los años, de pelo blanco y bigote del mismo color.

Me aproximé a él, y, con una reverencia, me presenté:
-Mi nombre es Anros, Capitán. Me gustaría daros una información, pues para ello he venido. El Capitán me miró algo desconfiado.
-Yo soy el Capitán Brackenbrock. De buen grado aceptaré esa información, siempre y cuando me digáis de quién viene.
-Pues veréis Capitán… Amdir, el montaraz junto con el que llegué anoche, os insta a que desconfiéis de un tal Calder Cob, a vuestro mando, pues sospecha que es un traidor.
El capitán soltó una carcajada y, tras esta, me señaló.
-Dile a tu amigo el montaraz que debe ser imbécil para que crea algo salido de los labios de uno de los de su gente, y más aún cuando es una calumnia contra uno de mis mejores hombres.
Con una expresión amarga en el rostro, le di la espalda y choqué involuntariamente contra el guardia de la puerta. Me enfurecía cuando me hablaban así, y más un viejo que no tendría ni medio golpe y se creía el mandamás. Apretando los puños, abrí la puerta de salida y volví hacia a Amdir, donde le ladré lo que me había respondido el Capitán. Para mi sorpresa, se rió entre toses.
-Sabía que esto ocurriría. Necesitamos pruebas irrefutables entonces, pues el capitán, sabiendo que somos compañeros, desconfiará ahora de ambos. –torció un poco el gesto.- Creo recordar que sirve en la milicia de este pueblo un amigo mío, su nombre es Dirk y suele estar patrullando los alrededores, o al menos, eso hacía la última vez que le vi. Dile que necesitamos pruebas.
-¿Dirk? Es aquel. Un niño me señalaba hacia una granja a unos cientos de metros, donde se divisaba la silueta de una persona apoyada en una enorme lanza.
Tras una pequeña caminata, me encontraba ante un alto hombre, de pelo y barba castaña, que me miró desconfiado.
-¿Quién eres? –empuñó la lanza, preparado para luchar si llegaba el caso.
Alcé la mano y sonreí amistosamente.
-Me envía Amdir. – el hombre me miró algo confuso.- Necesitamos pruebas.
El hombro soltó una risotada.
-Pues, casualmente, tengo algo que podría ayudarte. Intercepté a este pobre infeliz cerca de aquí, pretendía hacer llegar algo a alguien, y creo que se trata de esto. –mi mirada se desvío hacia un cuerpo que yacía en el suelo, cubierto de moscas.- Es un espía de los bandidos, y llevaba un mensaje o algo parecido. –mostró un pergamino enrollado y con el sello roto.- Por desgracia, no puedo abandonar mi puesto. Llévaselo al responsable, el Capitán Brackenbrock, y que lo lea. Es de vital importancia que lo haga.
Asintiendo con la cabeza a modo de agradecimiento, di la vuelta y me encaminé a Archet nuevamente. A medio camino había un gran roble, sobre el que me recosté un momento, y, curioso, comencé a leer la misiva. La letra era algo desgarbada pero clara:
“Ellos relucieron a cenizas el campamento para tomar a esos medianos, así que nosotros quemaremos su aldea para recuperarlos. El Nazgûl tendrá a su Bolsón, y pronto.
Ha ocurrido como esperaba. Abriremos una entrada a través del muro este, incendiaremos Archet, y tomaremos a los medianos en medio de la confusión. También tenemos que tomar al Dúnadan con vida. Pronto él caerá bajo la Sombra de la Corona de Hierro.
Informa a Calder Cob para que se encuentre listo para nuestro ataque, yo pronto llegaré. ¡El día será nuestro!
Éogan”
La cabeza comenzó a confeccionar el rompecabezas, pero puse prioridades: salí corriendo como alma llevada por los diablos hacia Archet, a los guardias ni les dio tiempo darme el alto. Irrumpí en la posada y arrojé el pergamino a las manos del Capitán, sonriendo amargamente. Le veía mover los labios en silencio mientras leía, al tiempo que su ceño se fruncía.
-¡Guardia! Tomad a Calder Cob y encerradlo en los calabozos, no volverá a respirar el aire del exterior. –se volvió hacia mí, mirándome fijamente a los ojos.- Te pido disculpas, Anros, y a tu compañero Amdir también, pero no es tiempo para lamentarse, hay que organizar la defensa, no sabemos cuándo atacarán esos rufianes.
Con un gesto de cabeza, me despedí de él y fui a contar a Amdir lo ocurrido. Simplemente asintió. Su aspecto parecía aún peor.
-Debes… debes ir a advertir de esto al hijo del Capitán, se encuentra al este de aquí, en una posada, cruzando un puente. Apresúrate, pues no deben quedar aislados de nosotros si el enemigo ataca.
Me costó salir de la ciudad. En la puerta, un guardia vociferaba desesperado.
-¡Una hogaza y media libra de carne por persona! ¡Eh, tú! ¿Crees que soy imbécil? Ya has pasado dos veces…
La gente parecía ser campesinos de las tierras circundantes con sus familias que venían a refugiarse a la villa. Al parecer, las noticias corrían rápido. Como pude, me abrí paso entre el gentío y corrí hacía la posada que me había indicado Amdir, esperando encontrar allí a Jon…