The Lord of the Rings Online
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Información de The Lord of the Rings Online - Capítulo tres. El asalto de Archet

Recuperando poco a poco el ritmo normal de la respiración, reduje el paso un poco, mientras cruzaba un pequeño puente de precaria construcción, que separaba un edificio bajo, de paredes de piedra y techo de paja, de la orilla en la que yo me encontraba. Bajo él, alguna tortuga curiosa hacía emerger su cabeza de las aguas verdosas del lago. Conforme me iba acercando, comenzaba a distinguir con más claridad las figuras que se encontraban cerca del edificio.

-¡Alto ahí! –dijo con buen volumen una voz que parecía ser femenina. Obedecí, sonriendo, y una mujer esbelta, embutida en una armadura de cota de malla y armada con espada y escudo, se acercó con precaución. Tras ella se aproximaba también un enano de rostro amable (o eso me parecía, pues nunca oí ninguna historia de ningún enano amable), que ya blandía un gran hacha.

-¿Quién eres? No nos han advertido de tu venida. –espetó el enano, arrugando la nariz.

-Verán señores, mi nombre es Anros, y mi propósito es hablar con Jon Brackenbrock, pues traigo noticias urgentes. Es posible que Archet sea reducida a cenizas si no le comunico mi mensaje.

-¿Es una amenaza? –preguntó el enano, no tan amable como me había parecido.

-Atli, déjale. Le conozco, es amigo de Amdir. Acompañadme… ¿Anros? –Jon había sido sin duda alertado por el enojado tono del enano y había salido del edificio.

Me condujo al interior de éste, donde los olores se entremezclaban de forma desagradable. De todas formas, lo reconocí al instante. El hedor a entrañas y animal muerto me era familiar. Dentro de la sala común, podían observarse una gran colección de piezas de caza extraordinarias, y las mesas, excepto una de ellas, estaban siendo utilizadas para aviar bestias. Jon me señaló una silla frente al fuego, mientras sus ojos me miraban inquisidoramente.

Con algo de prisa le comenté el asunto de Calder Cob, y la confirmación de su traición. Jon miró entonces a las llamas de la chimenea con gravedad.

-¡Matt! –llamó.

-Sí sargento. –respondió un joven con un peto de cuero que tenía los brazos empapados en sangre, tras haber estado aviando un jabalí.

-Ve a las ruinas donde los bandidos tienen su campamento. Necesito saber cuáles son sus fuerzas y si las están moviendo.

Un segundo después, el joven ya no estaba.

-Ahora debemos esperar para saber cuál será su próximo movimiento.

Horas después, Matt llegaba acalorado y con una flecha clavada en el hombro. Al parecer, unas ruinas al sureste, en las que los bandidos habían establecido su base, habían quedado casi vacías. Matt, respirando con dificultad, apoyó una de sus rodillas en el suelo, sujetándose la herida.

-Están atacando Archet por la puerta principal. Están incendiando la aldea. –dijo, entre toses.

-Pues debemos encontrar otra manera de entrar. –Jon se embutió en cuestión de segundos en un peto de cuero tachonado, y tomó con firmeza un escudo y un gran martillo. Sus ojos brillaban con furia, pero era evidente que la preocupación por la suerte de su padre le afligía. Miró a los efectivos de los que disponía, y, con una señal, empezaron a salir apresuradamente del edificio. Yo les imité, tomando mi arco y asegurándome de que mi puñal se encontraba en su sitio. La compañía marchaba en silencio.

Ahora, Jon guiaba a los hombres por el puente que yo había cruzado hacía unas horas. La luna se reflejaba sobre el lago, ahora oscuro como el azabache, y, a unos cientos de metros, Archet ardía. El sargento nos condujo a través de unas ruinas, y esquivando los sillares de piedra blanca, le seguimos. De pronto, todo encajó, y deduje que Archet estaría perdida a estas alturas. El camino de las ruinas conducía a una empalizada que guardaba la retaguardia del pueblo, y esa empalizada había sido quebrada.

Con más cautela, pero aún más velozmente, Jon traspasó la empalizada, y sus hombres le siguieron sin vacilar. Se oían ahora claramente gritos inconfundibles de batalla, y quejidos lastimeros de los heridos. Por el camino encontramos sólo cadáveres, y cada vez era más difícil avanzar a través de la aldea, pues las llamas eran enormes y voraces. Junto con algunos soldados de la milicia, revisé algunos cuerpos de los que parecían amigos, algunos calcinados completamente e irreconocibles, e incluso distinguí figuras inertes y humeantes de algunos niños. “Primero se gana la batalla, luego se llora a los caídos.” Siempre había oído eso desde mi más temprana edad, y por los dioses que intentaba seguir este dogma. Apretando la mandíbula, continué avanzando con los soldados. Encontramos algún bandido disperso, saqueando seguramente alguna cosa o negocio, al que dimos muerte fría y sigilosamente. Jon seguía avanzando deprisa, como si su vida dependiera de ello, aunque en realidad no era la suya, precisamente.

De repente, una figura recostada sobre un pilar pareció moverse. Me acerqué, apuntándole, y tensé, listo para atravesarle si intentaba alguna treta.

-¡Amdir! –desarmé el disparo. Corrí hacia él, notando como su respiración era como un estertor, y su piel de un pálido lechoso. – Maldito seas, ¡estás vivo!

-Sí… conseguí…escapar de milagro…los enemigos me daban por muerto… Ven, muchacho… - tosió. –  Hemos de llegar hasta los hobbits.

Le miré sorprendido cuando se levantó, eso sí, apretando los dientes por el dolor, y echó a correr. Tiré la flecha al suelo y desenfundé el puñal. Las llamas eran ahora inaguantables, y corrí para escurrirme junto a Amdir entre unas cajas volcadas.

El sonido de los metales entrechocándose era ahora nítido. Amdir se arrastraba a través de aquella especie de túnel, formado por las cajas y el carromato, conmigo pisándole los talones. Al fin salimos, y de nuevo noté el agobiante calor de las llamas en la cara. Me llovió un golpe de un enemigo que se encontraba a la derecha, el cual consiguió herirme en el brazo. Con un grito, solté un revés en esa dirección, cegado por el dolor, y, por fortuna, oí un quejido ahogado, y después, un golpe pesado de un cuerpo cayendo.

Me enderecé a tiempo para ver cómo el famoso Éogan, al que había visto en la prisión, cortaba la garganta de un viejo de bigotes y pelo blanco que me resultaba familiar.

-¡¡Padre!! –una figura había saltado contra éste, pero un enemigo le había cortado el paso, y ahora se batía con él.

-¡Éogan! Es suficiente, terminemos con esto. –Amdir blandía una espada corta.

El destinatario del duelo rió entre dientes.

-Venid pues, Dúnadan. Terminemos con esto.

Amdir se lanzó contra él, esgrimiendo con furia su arma, pero a medio camino se paró en seco, sujetándose allí donde el jinete negro le había herido. Cayó de rodillas, respirando con dificultad. Éogan soltó una carcajada.

-Bueno, parece ser que el cuchillo de Morgul ha hecho su trabajo. Bien. Tú, llévate al Dúnadan. –se dirigió de sus efectivos.- Parece ser que este no es el Bolsón que buscábamos al fin y al cabo, pero al menos nos llevamos algo a cambio. –dicho esto, hizo un gesto, y se perdió en las llamas. Los ruidos de metales entrechocándose cesaron, dejando paso a los lamentos ahora más audibles de los heridos. Algunos ya se encontraban apilando a los caídos.

Mi vista se nublaba, y mi brazo sangraba a borbotones. Pude alcanzar a ver cómo una pequeña figura se acercaba a mí.

-Anros, ¿estás bien? –la propietaria de la voz era Celandine, sin duda. Mi respuesta fue una sonrisa sarcástica. Como pudo, me arrastró a un rincón junto con los heridos y me limpió y vendó la herida. – Esto es horrible, horrible, horrible… Querían a Mundo para llevárselo porque era un Bolsón… ¿para qué quieren esos terribles hombres un Bolsón? Afortunado es, de todas maneras, ya que no le necesitan a él… pero ¿a qué Bolsón? Hay muchos Bolsones en la Comarca…. –comenzaba a marearme, ya por la pérdida de sangre, ya por la mediana.- Amdir, pobre Amdir, traté de sanarle pero... magia oscura, sí, pero eso no existe en estas tierras… -todo se volvió negro.

La herida cicatrizaba bien. Esperando no volver a ver más a aquellos hobbits, los despedí con la mano. Volvían a su hogar. El hogar. Suspiré.

De repente, una figura tremendamente parecida a Amdir se me acercó, y a punto estuve de frotarme los ojos para comprobar si era un espejismo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca comprobé que no era el mismo.

-Disculpad, busco al muchacho que acompañaba a Amdir, ¿sois vos?


Por: Anros

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