The Lord of the Rings Online
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Información de The Lord of the Rings Online - Capítulo cuatro. Buscando a Amdir

Aquel individuo miraba huraño a su alrededor, inquieto. Le miré ceñudo, adivinando a duras penas las formas de su cara debajo de la capucha. Vestía un sobretodo raído por el tiempo, y una espada larga colgaba de su cinto.

-Conocía a Amdir. –dije, asintiendo con la cabeza.

Los ojos del hombre se iluminaron de forma extraña, mientras vigilaba su retaguardia con nerviosismo.

-No es seguro hablar aquí. Dirígete al sur, a Combe, y pregunta por la posada, no tiene pérdida. Mi nombre es Toradan.

Dicho esto, desapareció tan sigilosamente como había llegado, y me encogí de hombros por toda respuesta. No llevaba objetos de valor conmigo que hubieran de ser tomados, así que envolví con cuidado el arco con las mantas del petate y caminé hasta la puerta del desolado poblado de Archet. Aquí y allá los cimientos de algunos edificios humeaban todavía, y en varios lugares repiqueteaban martillos, que sellaban los ataúdes de los caídos. Con el rostro serio, me acerqué donde Jon se encontraba. Incliné levemente la cabeza.

-Adiós, hermano. –me dijo, forzando una sonrisa.

Me llevé la mano al corazón, y, acto seguido, le estreché la mano con firmeza.

-Volveremos a vernos. –fueron las únicas palabras que pudieron salir de mis labios en aquel instante.

Lentamente caminé hacia la puerta principal, junto a la cual trabajaban algunos aldeanos, reparando una brecha en la empalizada. Fuera se oía el sonido, entre toses y quejidos, de los que cavaban los nichos de los caídos. Crucé un par de miradas con alguno de ellos, y en sus rostros era obvia la desolación, pero bien sabido era que la raza de los hombres era una de las más voluntariosas, y en mi interior algo me decía que la ciudad volvería a la normalidad en poco tiempo, a pesar del dolor causado.

Anduve un trecho, aún cruzándome con algunos efectivos que transportaban cuerpos de los que habían combatido en los campos hasta la aldea. La lanza de Dirk yacía quebrada junto a su enorme silueta, mientras un hombre y una mujer, con rostros inexpresivos, le transportaban con dificultad hasta Archet.

Siguiendo las indicaciones de Toradan, continué hacia el sur, hasta toparme con una empalizada, similar a la de Archet, fuertemente controlada.

-¡Alto!-con una mueca, me paré en seco. -¿De dónde venís?

-Vengo de la aldea de Archet, mi buen señor. –el tono irónico no agradó a casi ningún guardia, pero me traía sin cuidado, estaba bastante harto de la milicia local.- Necesitaría un lugar resguardado donde comer algo caliente.

-Supongo que podríais intentar que os acepten en la posada, si es que os dejan entrar con esa pinta. –respondió, consiguiendo las esperadas risas de sus camaradas.- Los de vuestra calaña no son bienvenidos aquí, supongo que lo sabréis. –respondió el que parecía el superior.

-Bien. –dije.- Simplemente os pido lo que cualquier viajero o peregrino podría solicitar. Un plato de comida caliente y un fuego con el que quitarme el frío del camino. Jon Brackenbrock me contó que Combe era famosa por su hospitalidad, pero no es lo que veo…

La expresión de los guardias cambió de repente. Sin duda, el ataque les había sido comunicado al encontrarse tan relativamente cerca. Ahora se fijaron más en mis vendajes, y los lanceros de la puerta se relajaron.

-Adelante pues… -respondió algo sonrojado mi interlocutor.- La posada está allí. –me señaló con la mano.- El camino bajaba desde la puerta, y sobre una enorme plataforma de madera, se erguían varios edificios. –asentí con la cabeza y me interné en la villa.

Ésta era un hervidero. Un carro había tenido una avería junto a la puerta, y los mercantes esperaban mientras un carpintero la reparaba. En el centro había un pozo comunitario, y varias mujeres estaban sacando agua de él. En torno a éste, había varios puestos con diversos artículos, y una multitud de gente de todas las edades curioseaba o sisaba en ellos.

Eché un vistazo rápido, aprovechando para aprovisionarme de flechas, y me dirigí apartando a codazos, discretamente, a los que me obstaculizaban el paso. Mi nuca obtuvo varias miradas asesinas, pero nadie estaba por la labor o no se atrevió a recriminarme mi falta de educación. Subí unas escaleras, también de madera, y busqué el acceso a la taberna.

No sin dificultad, conseguí localizarlo, y penetré en una estancia llena de humos y olor a cerveza. En la barra, una tabernera, con no poco escote para atraer sin duda, a más clientes, servía a sus parroquianos con una cara de cansancio indecible.

-Disculpadme. –la llamé, mirando con todo descaro los generosos pechos de ésta. Con reflejos, miré a los ojos de la mujer, de un color castaño oscuro. Me escrutó con intensidad, preguntándose, o eso creía yo, si sólo había llamado su atención para distraerla de su trabajo, o para mirar sus atributos.

-¿Sí? –preguntó, algo desconfiada. Estaba pasando un trapo algo mugriento por la barra, haciendo hipnótico el movimiento de sus…

-Muchacho. –alguien me tocó el hombro, y desperté de mi ensoñación. Era Toradan.- Vamos. –casi ordenó, en un tono casi imperceptible.

Me volví, levantando la mano para disculparme ante la hermosa dama a la que había importunado, pero en ese momento cruzaba una puerta al otro lado de la sala. Toradan tiró de mí levemente, consiguiendo que mis pies se liberaran de su anclaje inexplicable al suelo.

El montaraz me condujo por la misma puerta por la que había salido mi enamorada, y subimos algunos tramos de escalera. Sacó una llave pequeña de su cinto y la introdujo en una puerta al final de la subida, la cual crujió y se abrió. Allí estaba la mujer, dejando dos jarras sobre una mesa pequeña que, junto con un camastro de paja y un par de sillas, completaba el espartano mobiliario de la habitación. Toradan le agradeció con una moneda el servicio, y se fue rápidamente, casi corriendo, para atender sus tareas. Lástima.

-Bien, os he dicho mi nombre, pero no conozco el vuestro. –me espetó como bienvenida Toradan.

-Mi nombre es Anros.

El hombre se quedó unos segundos pensativo, mientras sorbía de su cerveza y se sentaba en una silla baja, junto a la mesa.

-Ese nombre no me es familiar, diría yo. Pero no sois de estas tierras. –dijo,  mirándome significativamente.

-Adivinasteis. –dije, asintiendo algo molesto. Estaba dando muchos rodeos, por alguna razón.– Gondor es mi patria.

Toradan rió entre dientes y asintió.

-Como habréis visto, mi aspecto es parecido al de Amdir. En efecto, somos compañeros desde hace muchos años. Ambos fuimos enviados para combatir a los Jinetes Negros que rondaban la Comarca, con el objetivo de capturar a un hobbit. –todo comenzaba a casar.- Sin embargo, parece que Amdir ha fracasado en su empresa.

-Así es, y mucho me temo que el enemigo ha conseguido volverle en contra nuestra.

Toradan escupió en el suelo con desprecio.

-Sí, eso es lo que he podido averiguar. Sin embargo, debemos intentar recuperarle antes de que sea demasiado tarde.

Mi corazón me decía que eso ya no era posible, pero me entristecía, si podía llamarse así, que Amdir se convirtiera en esclavo del enemigo, antes de tener una muerte justa y honorable.

-Poco conozco de esta parte del mundo, pero es seguro que los bandidos lo tomaron y le retienen en algún lugar no muy lejos de aquí. No ha pasado ni una semana desde la batalla en la que el yugo del enemigo le tomó. Debemos encontrar información, y tengo un contacto que me han recomendado algunos de los de mi clan: un soldado de la milicia de Combe, de nombre Sotomonte.


 


Por: Anros

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